Nueva visita a un mundo feliz
Una señora se deleita en un almuerzo solidario en La Rural. Si hay algo que les gusta comer a los ricos es la comida de los pobres. (DIEGO MARTINEZ)
Crónica de un día en la 124º exposición de la Sociedad Rural. Miradas al Sur compartió un almuerzo de Solidagro y la tribuna paqueta de la pista central.
La airosa calle del autor de Facundo, divide, cerca de la Plaza Italia, dos angares con fauna de distintas procedencias. De un lado, está el aeropuerto internacional de animales salvajes, el Zoológico de Buenos Aires, donde hay jirafas, elefantes, cebras y flamencos traídos del continente negro y más allá. Del otro lado de la acera, en San Benito de Palermo, vecindario católico fundado en 1836 por el federal Juan Manuel de Rosas, existe un aeropuerto de cabotaje, donde todos los años traen de la Pampa húmeda y otros lares, animales de pastoreo: vacas, cerdos, ovejas y caballos.
Es famoso cómo, para herir a Rosas, Sarmiento animaliza a Facundo y lo ubica de la vereda de enfrente; lo llama “el tigre de los llanos”, una especie foránea que debería estar encerrada en las celdas del zoológico por construir. “Su cólera era la de las fieras: la melena de sus renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos, en guedejas como las serpientes de la cabeza de Medusa”, escribe.
En la encrucijada urbana, dos países se bifurcan. Los animales autóctonos que se exhiben del otro lado serán productos de exportación. El gaucho seguirá sirviendo en la incipiente integración de la Argentina al sistema-mundo capitalista. La Exposición Rural es el solaz bullanguero en el que baila la síntesis de la venganza sarmientina en las tierras expropiadas a Rosas.
En la extensa cola del jueves pasado para entrar al predio de la 124ª Exposición de Ganadería Agricultura e Industria Internacional, por la avenida que da nombre a la provincia de Santa Fe, tierra otrora del caudillo federal Estanislao López, no hay ni una boina ni un traje con corbata. Está el pueblo. Prolijo, desmelenado, educadito para que no moleste, familiero, humano. Y desfacundado.
De oraciones y remates. Al final de la cola, antes del boliche que durante los ’90 fue la bailanta Metrópolis, un cartel callejero advierte sobre las ansias de unión que tiene Eduardo Duhalde para con el campo. La era del acuerdo es el título de la revista del Movimiento Productivo Argentino, base de operaciones del ex presidente, cuya tapa lo muestra sonriéndoles a los mosqueteros de la Mesa de Enlace.
El jueves es un día cálido, con sol. Cerca de la puerta de atrás, por Juncal y Fray Justo María de Oro, una señora embutida en un tailleur cremita cuadriculado pregunta si tenemos acreditación. Es el 8º almuerzo anual Bicentenario Patrio de Solidagro, “una alianza entre entidades del agro, empresarias y sociales” que se ocupan de generar donaciones para hacer llegar “en forma directa a la gente beneficiaria productos de alto valor nutritivo, dinero para conformar fondos de microcréditos para microemprendimientos, financiación de proyectos que promuevan el desarrollo humano”. Es decir, una entidad que Evita hubiese amado.
En su sitio de internet, un video muy emotivo que comienza con un chico corriendo en la penumbra del alba, explica la labor lumínica que realizan en “un barrio sumamente carenciado”, San Martín de Mercedes, en Corrientes. “Entonces una de las ideas para darles dignidad es… fue darles microcréditos para que pudieran realizar un trabajo en lo que ellos… pudieran”, cuenta Mercedes Sáenz Rosas, de la Comisión Directiva. “Y los hombres, que nos interesaban especialmente, eran casi todos fabricantes de ladrillos. Entonces, empezando a hablar con ellos, les preguntábamos qué necesitaban. Y nos decían: ‘Lo que necesitamos es la herramienta, señora, ¡la herramienta!’. No teníamos idea qué era la herramienta. Pensamos, ¿es una pala, es un pico, qué será? Bueno, qué es la herramienta. Finalmente, la herramienta era el caballo.”
De modo que un nutrido grupo de exégetas de los humildes se ha reunido para llevarles caridad, ropa, comida y catequesis familiar (condición indeclinable) a lo ancho y a lo largo del país.
De entrada hay una picadita con jamón glaseado, pata de cordero y chorizos, porque como bien diría el panadero Iosi Goldstein, si hay algo que les gusta comer a los ricos es la comida de los pobres. “Mecha, me siento con vos”, dice una. Teresita Garbesi, la Droopy de los cocktails paquetes, estiliza el asunto con sus vestidos negro-nipones y su cabeza casi al rape, mannequin anacrónica del diseñador futurista Thierry Mugler. Daisy Chopitea, la presidenta del Consejo de Apoyo está exultante. Hay parva de gente y todos tienen los cupones de solidaridad para llenar el monto de la donación. “No pongan la cruz ni en la opción a, ni en la b, ni en la c, ni en la d. Llenen donde hay puntos suspensivos, queremos que todos pongan una cifra más alta”, arenga el martillero Gervasio Sáenz Valiente, dueño de Sáenz Valiente, Bullrich y Cía., consignatarios de hacienda desde 1978. “Vamos a empezar con el recado chileno –dice Sáenz Valiente–, un muy buen recado completo con estribos, con cinchas, con correones… ¿Cuánto me dicen para abrir, cuánto vale, 2.500, 2.200? Todo lo recaudado es en beneficio. ¿Hay 2.200? 1.500 quién me dice y va. 1.500, 1.500 –apunta con el martillo–, 1.006, 1.007, 1.008, 1.009, 2.000. 2.000 le pido señor. ¿2.000 que sí, que no? –los donantes se deshielan– 600 ¿700? ¿No? Gracias igual, Agustín. 2.700, uno. 2.700, dos. 2.700 y no espero a nadie (murmullo descuidado, llega la comida). 2.700 y fue.” (Martillazo. Aplausos. Gana un tal Jorge.)
La flamante directora ejecutiva de Solidagro es Geraldine Wasser, joven politóloga egresada de San Andrés, ex coordinadora de las campañas de grandes donantes de la Fundación Jabad Lubavitch, la vertiente judía más evangelizadora de la historia de la comunidad local. Su presencia resulta extraña, como una aguja en un pajar. Ella y la subasta remiten al observador moishe –a este cronista– al remate de la alyiot en los templos sefaradíes, los fragmentos de la Torá cuya lectura se vende para donar a la remodelación de la sinagoga, para ayudar a las novias sin dinero, etc.
De modo que la analogía está servida: el 8º almuerzo anual de Solidagro tiene algo de evangélico, en que el martillero es el pastor, los donantes son los feligreses que destinan la décima parte del diezmo de su riqueza y el recado chileno con estribos, cinchas y correones son los párrafos de la Biblia que se llevarán al hummus de sus cabañas.
La Exposición Rural tiene su propia capilla, donde se pueden aprender las distintas acepciones de la palabra herramienta. Es un día tan peronista para el afiche de Duhalde con Biolcati, que dan ganas de reabrir Metrópolis para que se bailen una cumbita, La era del hielo. Chu chu chuy, qué frío.
Mirando vaquitas todo el santo día. Pista central de las 12 hectáreas que Carlos Menem regaló por chaucha y chimangos a la SRA en el ’91 y cuya propiedad todavía está en disputa. El cartelón 1866-Cultivar el suelo es servir a la patria-2010 hace proa en una de las tribunas, como aquellas efigies de mujeres mitológicas en los barcos bucaneros. Es la jura de las vaquillonas raza AnGus. No se trata de una camada de egresadas: un jurado unipersonal elige los mejores ejemplares según su morfología. Años atrás, juró un norteamericano y lo chiflaron: “Tenía otra vaca en la cabeza”.
Los más preciados son los toros, cuya circunferencia escrotal es un ítem insoslayable. Su semen se puede congelar y exportar para preñar a miles de hembras por todo el mundo. En la cena remate de Brangus del miércoles pasado, se pagaron 235 mil pesos por el Gran Campeón Macho de la cabaña Rancho Grande, de Raúl Peyrano.
En la categoría que ahora se juega de la raza AnGus, la Cabaña Tres Marías tiene 18 cucardas de grandes campeonas en su haber. Su mentor, el ingeniero Horacio López, presidente de la Sociedad Rural entre 1980 y 1984, trabaja duramente con sus cinco hijos y su esposa Susy. Por eso asombra cuando una pareja de brasileros van a recibir el premio de manos de Hugo Biolcati, presidente de la SRA, luego de que su vaquillona se consagrara Gran Campeón. Parece que la empresa fue comprada por Angus Lago Dorado, una empresa brasilera.
En los pabellones corren otros aires. La Rural es como Puerto Madero. La clase media urbana se exime de concurrir. Los extremos de la pirámide social se disputan el sentido del barrio semicerrado. Si las elites agropecuarias ocupan las tribunas y el restaurante de Los Petersen, el pueblo es convidado en los pabellones por promotoras con cucharitas de dulce de leche, trocitos de pan de molde o una gotita de vino tinto orgánico en un minivaso.
Cuando el pabellón deviene en los stands de las empresas de maquinaria agrícola, hay uno que asusta por su nombre: “Picana-Cercos eléctricos. 60 años con el campo”. Un vendedor de veintipico atiende la intriga.
–Picana… ¿Es la empresa que construía los instrumentos de tortura?
–Eso se usa mucho en los camiones o para azuzar a las vacas cuando las vacunan. No, no se usa para torturar gente. Eso es a gusto del consumidor.
El dolor de la memoria se pierde cuando la historia es retaceada a las generaciones de la democracia. La web de la Exposición Rural tampoco tiene alguna ventana con su historia.
“Cuando sea presidente, tengo perfectamente claro lo que hay que hacer por el campo”, dijo Duhalde al pasar el miércoles por el predio. Duhalde es como Rosas, pero al revés. Se olvida de que tiene pelo azabache, se cree rubio. Mirar estas vaquitas en esta nueva edición de la Rural tiene tufo a déjà vu. Facundo Quiroga, el insolente, espera agazapado en el espíritu del Bicentenario. En la larga cola que hay para entrar al Zoológico. Enfrente de la Plaza Italia. Por la avenida del general Las Heras.
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