lunes, 11 de octubre de 2010

LAS MENTIRAS DEL FUTBOL

TIEMPO ARGENTINO

Clarín pierde el tren y se pelea con el fútbol

13-07-2010 / 

Eduardo Anguita.
Por Eduardo Anguita
Periodista. Director de Miradas al Sur.

Terminó el Mundial y qué mejor que hablar de fútbol. Clarín descubrió la pasión de atacar a Diego Maradona y de poner en clave de sospechas palaciegas la posibilidad de que la próxima Copa
América, que tendrá sede en la Argentina poco antes de las elecciones, sea utilizada electoralmente por el kirchnerismo.

El paquete Fútbol para Todos, Diego DT y televisión digital gratuita es un combo que pone especialmente nerviosos a los ejecutivos del monopolio. Una nota de Martín Bidegaray publicada el domingo pasado hace un cálculo casi increíble.

“Según el rating promedio del último torneo –7 puntos– se puede afirmar que el fútbol estatal tiene 250 mil hogares seguidores. Como el Estado ya gastó $ 600 millones para el fútbol gratis en 10 meses, la cuenta da que hay $ 60 millones mensuales destinados a las 250 mil casas que miran los partidos, o $ 240 que salen del erario público por cada sillón que sintoniza Canal 7. Se trata de 8 veces más cuando la transmisión estaba en manos privadas (los clientes del cable pagaban un adicional de $ 20 al abono para tener los partidos).”

La realidad es que no sólo se ve por Canal 7 el fútbol para todos. El gran problema es que esas mediciones de Ibope son de Capital y Gran Buenos Aires. Es decir, algo así como la mitad del universo televisivo. Pero lo curioso es cómo lo pagan los cautivos del cable. Porque primero tienen que pagar el abono básico (no menos de 100 pesos) para ver hasta la televisión abierta. Luego pagan un extra que no es “para tener los partidos” sino para ver sólo algunos codificados y que eran sólo los del Torneo Cablevisión Apertura o Cablevisión Clausura mientras que Fútbol para Todos incluye la transmisión de otras ligas.

Vale la pena remontarse a lo que pasaba en la Argentina de mediados de los noventa para entender por qué se vive una disputa de dos modelos contrapuestos en materia de televisión y no sólo de fútbol, y para entender la importancia que tiene la comunicación en el mundo político y empresario de esta era.

A mediados de los noventa, se produjo una concentración de los cables en pocas manos. Algunas empresas estadounidenses y otras argentinas pagaron entre 800 y 1000 dólares por abonado. Unos meses después, se vendían a 1800 dólares el abonado.

El aumento de precios podía tener dos motivos: o acumulación de poder político o maniobras financieras. Dados los lazos entre unos y otros, en la Argentina del menemismo, ambas causas se fusionaban en una misma. La compra de los canales de cable podía ser una manera de reingresar dinero fugado al circuito ilegal por los pagos de comisiones ilegales de dinero proveniente de las privatizadas o de venta de drogas, armas o vaya a saber qué. Una investigación de Rafael Bielsa cuando estaba al frente de la Sindicatura General de la Nación en 2000 resulta muy elocuente de los negocios turbios en el sector. Las denuncias terminaron en el juzgado de Claudio Bonadío, pero nunca se investigó a fondo. Causas que duermen hasta la prescripción.

¿Quiénes compraban cables? Por entonces, Eduardo Eurnekian, presidente de Cablevisión, se había asociado con TCI, otra empresa estadounidense. Cablevisión permanecía en el liderazgo del mercado.

Por otra parte, de la noche a la mañana, la empresa Mandeville –del fondo Hicks– seguía comprando canales. Multicanal no quiso dejar su posición en el mercado y también salió a la compra. Para eso buscó inversores y vendió una parte de su paquete accionario al CEI, que por entonces se asociaba al grupo Hicks.

A fines de 1997, Samuel Liberman –presidente de VCC– anuncia la venta de su empresa a sus competidores: Multicanal y Cablevisión pagaron cifras astronómicas por los casi 700 mil abonados de VCC.

Multicanal creció al estilo que mantenía el Grupo Clarín: ser los número uno en el mercado. También usaban los métodos comerciales de Clarín. Como tenían los derechos de Torneos y Competencias para las transmisiones de fútbol, contaban con un as en la manga. En las ciudades o pueblos donde había dos operadores de cable, Multicanal compraba la más chica, que era la más barata. Generalmente, la más grande tenía los derechos del fútbol. Inmediatamente, le rescindían el contrato y el fútbol empezaba a transmitirse en la empresa chica, ahora en manos de Multicanal. En poco tiempo, los abonados hacían la mudanza a la empresa del Grupo Clarín. Pese a su manejo de empresa líder,
Multicanal invirtió fortunas para seguir el tren de Cablevisión. La inversión agresiva de Cablevisión fue posible porque el CEI había comprado las dos terceras partes de las acciones. El tercio restante era de Mandeville, del Grupo Hicks. Julio Gutiérrez quedó al frente de Cablevisión.

Clarín puso la mira en quedarse con Cablevisión, y cuando lo logró, consolidó una posición que dejaba al Grupo Clarín con más del 60% de los abonados en todo el país y la exclusividad del negocio de la televisación del fútbol. Eso terminó de concretarse recién en septiembre de 2006, y fue un atropello a las leyes de Defensa de la Competencia, la de Bienes y Patrimonios Culturales, e incluso, a la vieja Ley de Radiodifusión.

Es importante tener presente que el grupo dirigido por Héctor Magnetto ya había atravesado por varias etapas. La primera, la de tener el principal diario del mercado e imponer condiciones a todos sus competidores, especialmente con la apropiación de Papel Prensa durante la dictadura. Tenía la agencia de noticias DYN. Avanzó con las radios y luego con la televisión de aire. A mediados de 1995, Clarín entró en franca pelea con Carlos Menem porque este no les abrió la puerta a la telefonía. Quería ser el grupo privado capaz de liderar la revolución de la tecnología de la información: integrar voz y datos, combinar transmisión satelital con redes terrestres, hilvanar medios de comunicación con telefonía.

El modelo ideado por Clarín era la última generación en la fusión de empresas de medios con las de tecnologías en comunicación. Pero para acceder a esta opción múltiple, tenían que romper el esquema de las telefónicas. Por entonces sólo obtuvo la licencia para operar telefonía móvil en el interior del país, a través de Compañía de Telefonía del Interior. Con ese objetivo por delante, el grupo Clarín salió a endeudarse en el exterior. Lo hicieron a través de obligaciones negociables, una modalidad que consiste en emitir bonos respaldados en los activos de sus empresas y que salen al mercado a través de entidades financieras que hacen su negocio con la intermediación de esos títulos privados. El Grupo contrató a la compañía inversora Goldman & Sachs, con sede en Nueva York, para llevar a cabo estas operaciones. El pasivo de Clarín ascendía a unos 2000 millones de dólares.

Por entonces, los cálculos de la empresa indicaban que esa cifra era inferior al valor de Multicanal, con lo cual sus deuda no significaban un compromiso elevado para el Grupo. Hacia noviembre de 1999,
Goldman & Sachs adquirió el 18% del paquete accionario de Clarín por una inversión de 500 millones de dólares.

La Argentina estaba golpeada por la recesión desde hacía dos años. Clarín tenía metas optimistas que no coincidían con la crisis que estaba por estallar. Sortearon la crisis porque tuvieron cautivos a gran parte de los principales referentes políticos. El caso emblema fue Eduardo Duhalde, quien tomó como primera medida de su gobierno, en el verano de 2002, una ley que evitara el crack down, como se llama en el mundo de las finanzas a la capacidad de los acreedores de quedarse con los activos.

El poder del Grupo Clarín se mantuvo hasta diciembre de 2007. Debe recordarse que logró imponer que la Comisión de Defensa de la Competencia admitiera la fusión entre Multicanal y Cablevisión. Fue después de que Cristina ganara las elecciones y Néstor Kirchner terminara su mandato.

El gobierno necesitaba tener mucha fuerza como para abrir una brecha en el poderío de Clarín, que parecía no tener fisuras. El 1º de septiembre de 2009 salió el decreto del Fútbol Para Todos y, poco tiempo después, se votaba la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fue la primera puntada de un cambio de paradigma.

Hace medio siglo, Marshall Mcluhan explicaba que se desvanecía el hombre tipográfico, que la galaxia Gutenberg dejaba paso a mensajes audiovisuales que no impactan en la reflexión de los receptores, sino en el complejo mundo de la percepción.

La televisión había inaugurado una era de la comunicación que, según McLuhan, remite a los vínculos comunicativos previos a la era de la palabra escrita reproducida por la imprenta; previo incluso a la era alfabética griega que permitió la polis. El medio es el mensaje, dijo McLuhan y esa frase fue una consigna en las carreras de comunicación social y de las ciencias sociales por décadas. El medio se refiere a la televisión. Esto es, el mensaje ya no es lo que circula por un canal desde un emisor a un receptor a través de un canal. El cambio es que los medios audiovisuales inundan la escena de la comunicación. Las personas no ven tal o cual programa, tal o cual canal.

Las personas son audiencias masivas que prenden la televisión. Con su mensaje de hombre tipográfico, Mcluhan alertó sobre los cambios en la sociedad, en las empresas y en el poder que construyen. Su mensaje circula impreso en el mundo académico, en los lectores de culto. Las audiencias miran televisión. Además, ahora, navegan por Internet.

La Argentina quiere inaugurar un modelo donde lo público y lo gratuito estén asociados a esta nueva era. La pelea no es por el presupuesto del fútbol. Por eso no hay lugar para el modelo de Magnetto. O, mejor dicho, por eso vale la pena vivir con plenitud este cambio que todavía llevará mucho tiempo y no pocas peleas.

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